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Semilla
libertaria
In
memoriam
(Un recuerdo, un cuento y un poema)
Braulio Hornedo
SEMBRAR
y navegar parece que fueron dos de las divisas
que guiaron los pasos de Ricardo Mestre Ventura.
Navegar los mares tempestuosos de la libertad;
en medio de una guerra civil, que tuvo como
consecuencia el involuntario exilio que él
supo transformar en fecundo transplante. Sembrar
infatigable la semilla libertaria en el fértil
espíritu de los jóvenes de diversas
generaciones que lo visitamos con asombrada
y ferviente devoción. Navegó hasta
donde le fue posible, dejando en su simiente
una cálida y fragante estela invisible.
-"El
pensamiento libertario es cual candente
lava, cercadlo de redes, tendedle murallas,
a ver quien lo apaga.- Me decía Mestre,
con la voz de trueno a que lo obligaba su creciente
sordera, mientras bajábamos lentamente
las escaleras del edificio de Morelos 45, donde
se ubicara la Biblioteca Social Reconstruir.
Debido
a esa pasión volcánica que brotaba
de sus profundos ojos azules de niño
asombrado, ojos urgidos de compartir el asombro
por el mundo luminoso de acracia que él
parecía ver como Moisés la tierra
prometida, a la distancia; es que me volví
poco a poco su admirador y con el tiempo también
su amigo. Con los años, esa pasión
que contagiaba lecturas y alentaba esfuerzos,
me transformó en devoto adepto. Por su
incansable ejemplo de consistencia con los ideales
anarquistas y su persistente pacifismo a ultranza.
Pero sobre todo por su sólida congruencia
entre lo que se piensa, lo que se dice y lo
que se hace.
Desde
su pequeño y desgastado escritorio al
fondo de la atiborrada biblioteca, amurallado
siempre de pilas de libros, periódicos
y revistas: para consulta o para intercambio;
trás de sus enormes lentes que engrandecían
sus nobles aunque muy cansados ojos mientras
me escudriñaba como adivinando lo que
yo necesitaba leer. Mestre oía y veía
poco y mal, pero en cambio brotaba tumultuoso
el caudal de su charla a borbotones, siempre
actual, lúcida, polémica e irreverente;
también a través de sus múltiples
aventuras editoriales, Ricardo charlaba con
los lectores (tuve el privilegio de componer
la tipografía de su edición de
Artistas y Rebeldes de Rocker y ayudarle
con algunas otras publicaciones, aprendiendo
y descubriendo con sus enseñanzas el
oficio y mi vocación editorial), con
la palabra impresa tanto como con la vida, Ricardo
empuñaba con dignidad e inteligente humor
y sarcasmo juvenil el bastón de mariscal
de hombres libres (su modesto bastón),
a la par que sonreía con la cartera de
ministro de la paz, (una raída bolsa
de plástico del súper) entre los
hombres de buena y libertaria voluntad.
Al
recordar a Mestre me obsesiona su parecido a
lo ancho y a lo largo con las vagas y muy lejanas
imágenes que conservo de mi padre. Su
constitución física y su voz,
de corpulento profeta bíblico como bien
apunta Castañón; su calvicie que
coronaba la serenidad de su apacible y sonriente
rostro; sus luminosos y penetrantes ojos azules
en los que cielo y mar se reflejaban a sus anchas,
incansables lectores de cuanto se atravesara
en su camino. En fin, que sin poder evitarlo,
las afinidades fueron tantas y tan profundas,
que la simpatia inicial poco a poco se transformó
en amor filial.
Mi
cariño por Ricardo creció al parejo
de nuestro trato personal, admiraba en él
su testarudo apostolado de las causas anarquistas
y su apasionada energía sin límite
de polémico rebelde, lúcido crítico
de diestra y siniestra, Sócrates libertario
tomando distancia de Platón y de Aristóteles,
cuestionando implacable a demócratas,
liberales, socialistas y fascistas... desde
el faro inagotable de la libertad.
Tuve
mi primer contacto con Ricardo al inicio de
la década de los setentas, a través
de dos inolvidables maestros de la entonces
Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM
Germinal Pérez Plaja y Alfonso González
Martínez, forjadores entre otros indelebles
mentores, como Carlos González Lobo,
Ricardo Flores y Álvaro Sánchez,
del movimiento del Autogobierno en Arquitectura
de la UNAM en el año de 1972. Conocer
a Ricardo Mestre, mientras se forjaba el autogobierno
en la Escuela Nacional de Arquitectura y casi
al mismo tiempo descubrir a Ivan Ilich en el
Centro Intercultural de Documentación,
el legendario CIDOC en Cuernavaca, resultó
en una conmoción de tal magnitud en la
mente y el corazón de aquel incipiente
universitario, que más de treinta años
después, no alcanzo a medir del todo
sus alcances, ni encuentro como agradecer sus
entrañables efectos.
Recibir
una llamada teléfonica de Ricardo, suponía
invariablemente aventuras más que excepcionales,
siendo además un sutil pero eficaz recordatorio
del pasar la charola para mantener el sitio.
Su lectura perenne del libro abierto de la historia
diaria sorprendía por su profunda actualidad
y claridad de perspectiva, visitarlo en su oficina
se convirtió para mi en un afectuoso
ritual, que culminaba con llevarlo a su casa
enmedio de una charla refrescante ante el calor
del medio día y el ajetreo del tráfico
citadino.
Sigues
pues Mestre navegando, navegando y sembrando
la semilla de la libertad; alentando lecturas,
cultivando ediciones, cosechando rebeldes, reconciliando
pasiones. Sigues Ricardo poniendo el ejemplo;
con tu voz, tu risa y tu aliento, enseñando
el amor a la libertad y señalando que
a la libertad se llega por los senderos del
amor, por el amor y no por la fuerza, por la
fuerza del amor. Sigues en la lucha pacífica,
maestro y amigo, por lograr el sueño
infinito de un mundo mejor. Sigues Ricardo alumbrando,
con tu querida presencia, la sombra espesa de
tu prolongada ausencia.

Lección
marxiana
-Sólo
unos cuantos elegidos-;dijo el mentor a sus
discípulos; -entre las multitudes de
políticos que han desfilado por los tronos
del poder, llegaron a conocer la verdadera definición
de esta práctica suprema del arte.
Algunos;
los más engreídos y ambiciosos,
(por lo tanto los menos peligrosos); dado que
sus apetitos de riqueza y ostentación,
aunque muy grandes, siempre pueden, o mejor
aún, inevitablemente llegan al hartazgo.
Los otros, los menos, los que luchan por ideales
y abstracciones inalcanzables, esos son los
más peligrosos, pues; "no quieren
nada para ellos" sino para la patria, la
humanidad, el socialismo o la democracia, esos
luchadores por "el bien común"
jamás llegan a ser saciados, no hay forma
de lograrlo, es por eso que son los más
peligrosos, pues entienden la política
exactamente al revés de su más
alta y pura definición.
Dicho
lo anterior, el maestro dio la vuelta y garabateó
con rechinidos decididos sobre la pizarra, al
tiempo que solicitaba como tarea para la próxima
clase traer ejemplos concretos de la definición
propuesta.
"La
política es el arte de buscar problemas,
encontrarlos, hacer un diagnóstico falso
y aplicar después los remedios equivocados."
AL
CONSTRUCTOR DE ATAJOS A UTOPÍA
Recuerdo tu humor y tu mesura
joven
profeta a tus noventa y tantos,
navegante
osado de la aventura
faro de jóvenes y náufragos.
Sembrador
de idea libertaria
lúcido
pacifista empedernido
soñador
sin límites de acracia,
de
ideales y actos, bien nacido
Con
tu bastón de mariscal de libres
y
tu cartera de ministro de la paz
caminas
tras los sueños de igualdad.
Ahora
que rincón del tiempo pises
¿Qué
luz vas a cruzar por los demás?
¿Llegaste
viajero, a puerto de libertad?
Braulio
Hornedo
Cuernavaca
Mor. Verano 1997
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